A muchos nos pasa… De repente llega un día lluvioso y, aunque a veces nos fastidie los planes que teníamos, en algún momento dado, en mitad de esa lluvia incesante, respiramos. El aire entra por nuestras fosas nasales, es algo que hacemos de manera mecánica, sin darnos cuenta, pero hoy hay un olor diferente. De repente llega, nuestros quimiorreceptores se activan, y detectan ese olor que llevábamos taaantos meses sin percibir… Olor a fresco, olor a humedad… Olor a… ¡a lluvia!
No sé cómo lo sentiréis vosotros, pero yo tengo que cerrar los ojos y volver a respirar, porque, después de tanto sol, echaba de menos un día como este…
¿A qué huele la lluvia? ¿A tierra mojada…? NO, ¡¡A geosmina!!
La geosmina, que significa en griego «aroma de la tierra», es una sustancia química producida por la bacteria Streptomyces coelicolor también conocida como bacteria de Albert, y por algunas cianobacterias las cuales se hallan en el suelo y son perceptibles típicamente cuando la tierra se humedece, por ejemplo cuando llueve. Algunos hongos filamentosos, como Penicillium expansum también producen geosmina.
Estas moléculas son importantes para los animales vertebrados que habitan el desierto, principalmente para los camélidos, quienes al percibir su olor pueden tener la seguridad de que encontraran en poco tiempo el elemento líquido. Los nematodos y los insectos también se benefician de este elemento, pues al captarlo se dirigen hacia donde se halla la humedad. Los botánicos también han descubierto geosmina en flores de cactus y flores del Amazonas, cuyos olores atraen a los insectos en busca de agua y de esta manera y accidentalmente polinizan la flor.
La geosmina es también responsable de algunos aromas no deseados en el vino. Cuando la uva ha sido atacada por alguno de los hongos filamentosos productores de geosmina, el vino puede también presentar aromas terrosos característicos de esta molécula.

